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Eres un fracasado.

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Iba caminando por la calle y, en un sector sin señalizar ni barreras, había cemento —o pavimento— fresco. Di un paso, lo pisé y dejé mi huella. No tardaron en aparecer los “seguritos”: “¡Cuidado, cemento fresco!”, “¡tonto!”, “¡retonto!” y varios etcéteras más, hasta que, en medio de la multitud, alguien desde la construcción me gritó: “¡Eres un fracasado!”.

Después vinieron otros calificativos, pero ese se me quedó dando vueltas, ¿por qué alguien que no me conoce, y a quien yo tampoco conozco, puede decirme que soy un fracasado?, y es aquí donde parte esta historia, reflexión, análisis o como quieran llamarlo.

Vamos por partes, ¿quién es un fracasado?, en términos formales, la Real Academia Española (RAE) habla de una persona desacreditada a causa de los fracasos padecidos en sus intentos o aspiraciones, entre sus sinónimos aparecen frustrado, fallido o perdido; bastante lejos de triunfador, vencedor o exitoso.

Entonces, en la formalidad, un fracasado sería quien fracasa —valga la redundancia— en sus intentos, aspiraciones o propósitos, hasta ahí parece fácil, el problema comienza cuando preguntamos algo bastante más complejo: ¿quién define el éxito y quién define el fracaso?

Personas despectivas hay miles, expertos en la vida ajena, probablemente algunos millones más, pero ¿quién mide realmente si una persona tuvo éxito? ¿La sociedad? ¿El dinero? ¿Los títulos? ¿El cargo? ¿La casa? ¿El auto? ¿Los seguidores? Uff... difícil.

Porque el éxito tiene algo de objetivo, pero muchísimo de subjetivo, la sociedad nos ha enseñado ciertos parámetros, muchos asociados a lo material, al reconocimiento o a los títulos profesionales. Pero ¿es realmente eso el éxito? no tengo la respuesta para todos, pero sí tengo la mía, y hay algo que, al menos para mí, es bastante evidente: nadie puede llamar “fracasado” a otro sin conocer su historia, su esencia, sus objetivos, lo que ha debido enfrentar y, sobre todo, aquello que esa persona considera importante. Si no sabemos nada de eso, cualquier tesis sobre el fracaso del otro se cae bastante rápido.

Para mí —“el ofendido”, en esta historia— el éxito tiene mucho más que ver con lo que hacemos humanamente.

Vengo de provincia, en Chile, de una zona agrícola y campesina como la Séptima Región, en aquellos años los parámetros eran distintos a los actuales, a  fines de los 80 y comienzos de los 90, llegar a la universidad ya era, para muchas familias, casi un milagro. Entrar era un triunfo; mantenerse adentro era otro.

Había que sumar esfuerzo, algo de talento o aptitudes —como decía la prueba de la época— y, principalmente, mucho trabajo. Amanecerse estudiando, ir a buscar información a la biblioteca, pedir los libros y dejar el carnet , no había un computador esperando una respuesta y mucho menos inteligencia artificial resolviendo en segundos lo que uno demoraba horas en encontrar. Era otra época, ni mejor ni peor: otra,  pero fácil, precisamente, no era.

Después, este “pobre guacho”, como se decía en el campo, lograba sortear esos obstáculos y venía el siguiente: encontrar trabajo, sin amigos influyentes, sin familia cerca, sin contactos y en una ciudad extraña. Solo. Bien solo, hasta “Han Solo” (Star Wars) me pregunto ¿Por qué tan solo?.

Mi mejor amigo era el diario de mayor circulación y sus avisos de empleo. Después venían los currículums: muchos, muchísimos, enviarlos y esperar que alguien, en algún lugar, valorara los años de estudio, el hambre, el crédito universitario y las ganas de tener un trabajo digno.

Y había otra presión, quizás más silenciosa: yo era el mayor de varios hermanos y también el mayor entre varios primos, habían muchos ojos mirando cómo este “ofendido” trataba de hacer sus primeras armas profesionales, llevando consigo algo que no aparecía en ningún currículum: los valores de una familia de provincia.

Después de muchas entrevistas y de competir con excelentes ingenieros civiles de la capital —siendo solo un ingeniero civil de provincia— conseguí un puesto ejecutivo a los 27 años, a nivel gerencial, en una empresa mediana.

Y como me considero hijo del mérito, hice algo bastante simple: traté de sumar gente con mérito. Personas buenas, esforzadas y capaces, independiente del colegio, la ciudad, la universidad o el apellido, curiosamente, con los años descubrí que el mérito también molesta, no sé exactamente por qué, quizás porque cuando alguien avanza por trabajo y capacidad deja menos espacio para explicar algunas cosas por amistad, apellido o cercanía. No lo sé. Y como no lo sé, tampoco voy a inventar una respuesta.

Seguí haciéndolo. Los equipos estaban contentos y yo también.

Alrededor de los 40 años me dio por algo todavía más extraño: devolver la mano, después de recibir tanto cariño, aprendizaje y compromiso de los equipos, quise crear empresas y proyectos que pusieran primero a las personas desde el punto de vista social, incorporaran lo ambiental y, por supuesto, fueran económicamente sostenibles, porque sin resultados tampoco hay empresa, empleo ni mucho futuro que repartir.

Desde ahí vinieron proyectos, educación, conceptos, libros, trabajo con universidades e institutos y muchas iniciativas que intentaron aportar un granito de arena, algunas resultaron muy bien; otras, probablemente no tanto, porque, por si alguien todavía tiene dudas, también me he equivocado. Bastante. Y seguramente me seguiré equivocando.

Pero hay una diferencia importante entre fracasar en algo y ser un fracasado.

He tratado de seguir creando sin transformarme en un “yes man”. A veces con valentía, otras con coraje y muchas con prudencia, porque no todo se gana gritando más fuerte, y porque, aunque la frase se le atribuya tantas veces a Maquiavelo, prefiero quedarme con algo mucho más sencillo: para mí, el fin no justifica los medios, las buenas acciones, en cambio, sí ayudan a justificar una vida.

Entonces vuelvo al principio.

¿Soy un fracasado?

Simplemente, no.

No porque tenga títulos, cargos, empresas o logros públicos, todo eso puede estar hoy y mañana desaparecer.

No me considero un fracasado porque tengo hijas maravillosas; una familia que está pendiente de mí y me quiere de manera honesta; amigos del alma que no necesitan nada a cambio; salud para seguir haciendo cosas; historias buenas y malas para contar; errores de los cuales aprender y, todavía, ganas de crear.

Quizás para alguien eso sea poco, para mí es muchísimo.

Por eso, al desconocido de la construcción que aquel día me gritó “¡eres un fracasado!”, de alguna manera tengo que agradecerle, sin quererlo me hizo pensar.

Y después de pensarlo bastante llegué a una conclusión muy simple: fracasar es parte de la vida. Ser fracasado es otra cosa.

Y esa definición, por lo menos sobre mi propia vida, todavía prefiero hacerla yo.

PD: Y sí, también tengo muchos títulos, cosas materiales y logros públicos. Pero esos, por suerte, siguen siendo bastante secundarios.

Anónimo conocido para deLogística