Chile lleva años repitiendo una de las frases más cómodas y dañinas de su cultura laboral: “el pobre es pobre porque es flojo”. La teoría parecía simple. Si alguien no avanzaba, era porque no se esforzaba lo suficiente. Si alguien no encontraba trabajo, probablemente no estaba buscando bien, le faltaba “networking”. Si alguien seguía estancado económicamente, el problema era individual.. Pero hoy, las cifras del mercado están destruyendo ese relato.
La tasa de desempleo superó el 9%, su nivel más alto en casi cinco años. La informalidad laboral se mantiene sobre el 26% y el subempleo continúa creciendo silenciosamente y hoy, miles de personas trabajan menos horas de las que necesitan o aceptan empleos muy por debajo de sus capacidades simplemente para sobrevivir. El problema ya no afecta solo a sectores vulnerables, sino que está alcanzando a técnicos, profesionales y trabajadores con experiencia, trayectoria, y muchas veces, especializaciones que no vieron el retorno de inversión.
El mercado dice que no encuentra talento, el talento dice que no encuentra trabajo; y el discurso hace algo incómodo evidente: Chile enfrenta una falta de oportunidades reales. Ese cambio es profundo porque desmonta uno de los pilares históricos de la meritocracia chilena. Durante décadas nos instalaron la idea de que estudiar, esforzarse y trabajar duro garantizaba estabilidad y esa promesa comenzó a desmoronarse no por percepción ideológica ni por pesimismo generacional, sino que datos.
Cada vez más personas hacen “todo bien” y aun así quedan fuera del mercado laboral. Profesionales con posgrados postulando durante meses, jóvenes titulados sin oportunidades de entrada, personas sobre 50 años descartadas automáticamente, mujeres
que deben abandonar el mercado por incompatibilidad entre trabajo y cuidado familiar pese a las legislaciones de flexibilidad actuales, trabajadores agotados sosteniendo dos empleos sin lograr estabilidad financiera, entre otros; y aunque la gente hable sobre la Guerra de Medio Oriente, la Pandemia y siga cómodamente mirando para el lado, la verdad es, que la
crisis se transformó en un problema de deterioro estructural del trabajo.
Mientras el mundo avanza hacia economías digitales, automatizadas y basadas en habilidades, Chile sigue operando bajo modelos laborales rígidos, lentos y desconectados de la realidad productiva actual. Muchas empresas continúan buscando experiencia
imposible para cargos junior, exigiendo presencialidad por un liderazgo desconfiado sin ganas de perder el control y disfrazado de “vínculo y cultura”, y priorizando títulos por sobre capacidades reales mientras que paralelamente, el sistema formativo sigue preparando personas para trabajos cuya demanda ya comenzó a desaparecer.
El resultado es una paradoja peligrosa: Personas buscando empleo y empresas buscando talento, pero ambos mercados dejaron de conversar entre sí, y aquí aparece una realidad incómoda para el sector privado: Las empresas ya no pueden limitarse a esperar que el Estado resuelva el deterioro laboral. La recuperación del empleo depende directamente de decisiones empresariales concretas, ya no desde la caridad corporativa ni desde el discurso reputacional, sino desde estrategia pura. Ninguna economía logra sostener el crecimiento cuando el mercado laboral se debilita de manera estructural.
Si nos ponemos imaginativos y buscamos medidas estratégicas que las empresas podrían tomar para apoyar la reactivación laboral, podríamos, por ejemplo, dejar de contratar solo para cubrir urgencias operativas y comenzar a formar talento interno; después de todo, las empresas más competitivas del mundo entendieron que desarrollar capacidades es más rentable que perseguir candidatos “perfectos” que el mercado ya no tiene.
Otra alternativa, podría ser acelerar programas reales de reconversión laboral. La automatización no eliminará todos los empleos, pero sí eliminará trabajadores que no logren adaptarse; y a la fecha, capacitar dejó de ser un beneficio; tanto, que la franquicia tributaria ha sido expuesta como “mal utilizada” y hoy se discute si continuidad; en un mundo en el que mientras la IA avanza a un nivel que no somos capaces de seguir, por cada 10 personas que la usan, solo 1 o 2 saben extraerle una ventaja competitiva real. Es decir, 8 o 9 la usan como Google mejorado mientras que 1 o 2 la usan como multiplicador de productividad, aprendizaje, análisis y toma de decisiones.
La tercera que se vuelve evidente; es necesario modernizar los modelos laborales. Flexibilidad, trabajo híbrido y evaluación por resultados ya no son tendencias progresistas ni beneficios aspiracionales; son herramientas concretas para ampliar empleabilidad,
productividad y retención. Claro; esta medida no sirve sin antes trabajar la confianza; a nadie le gusta teletrabajar con miedo a represalias, o con miedo de que el Teams se ponga color amarillo por estar mucho rato en el baño.
La cuarta, es abrir espacios reales para grupos que históricamente han sido subutilizados, como las personas mayores de 50 años, jóvenes sin experiencia, mujeres fuera del mercado laboral y migrantes regularizados. Chile sigue desperdiciando enormes
capacidades por prejuicios organizacionales que ya no tienen sentido económico, ni sustento legal… Es decir, hace rato que el hijo es de a dos, y deberíamos empezar a hacernos cargo de eso.
La quinta es fortalecer proveedores y pymes locales. Las pequeñas y medianas empresas generan gran parte del empleo del país (más del 60% app, de hecho), pero continúan operando con baja productividad, poco financiamiento y mínima integración estratégica con grandes compañías.
La sexta es incorporar planificación laboral basada en datos. Muchas empresas siguen contratando y despidiendo de manera reactiva sin tener equipos con las competencias adecuadas que permitan proyectar necesidades futuras de habilidades y ajustar formación antes de que aparezcan las crisis.
Antes de que me lean pensando “Pero para eso necesito ayuda del Estado”, sí, soy consciente de que exigir un rol más activo al sector privado también obliga al Estado a asumir responsabilidades que durante años evitó enfrentar, como entregar estabilidad
regulatoria, modernizar la capacitación laboral y disminuir la brecha entre lo que enseñan muchos programas y lo que realmente necesitan las industrias, acelerar la inversión pública en infraestructura, conectividad y digitalización, facilitar la formalización laboral; pues Chile sigue teniendo miles de trabajadores independientes y pequeñas empresas atrapadas en burocracia, costos operativos e incertidumbre tributaria. No podemos tampoco, dejar fuera el fortalecer políticas de conciliación y cuidado. Ningún país logra aumentar la participación laboral femenina sin redes reales de apoyo y resulta vergonzoso pensar que el 8M todo
Linkedin celebrara el aumento de participación femenina en el mundo laboral, mientras que, dos meses después, sabemos que sobre un 10% de ellas lleva más de un año buscando reinsertarse en el mundo laboral, y que si apuesta a roles ejecutivos, la espera, puede ser aún más larga… Pero probablemente la ayuda más importante por parte del Estado, esté en construir una estrategia nacional de empleabilidad futura, para que, de una buena vez, Chile deje de reaccionar al desempleo cuando ya explotó en crisis, y se anticipe sobre cómo cambiará el trabajo durante la próxima década.
Estoy convencida de que el gran error del debate laboral chileno fue reducir durante años la pobreza y el desempleo a un problema individual; haciendo más cómodo responsabilizar personas que cuestionar estructuras, en una crisis laboral donde las cifras actuales demostraron algo incómodo para todos los sectores políticos y económicos del país: el problema nunca fue la falta de ganas; el problema es que Chile dejó de garantizar que esas ganas, efectivamente alcancen.
Articulo de María Paz Aylwin Arregui para deLogística
(Ejecutiva de Recursos Humanos con más de 10 años de experiencia liderando la función de Capital
Humano en entornos industriales y mineros de alta complejidad, con foco en continuidad operacional,
relaciones laborales y gestión estratégica del talento.)